LA SOLTERA.
«Mirada con recelo, tratada con fastidio, viendo en ella una carga para familia y una alarma constante mientras se mantuviera joven y atractiva; hasta que pasase, en fin, de soltera a solterona, término despectivo que ha llegad hasta nuestros días. Y la solterona sí que es una sombra, sí que pasa como una sombra que de pronto, cuando raya en los cuarenta y cinco o los cincuenta años, se mira en el espejo, se siente desplazada de la vida […] El riesgo de las mujeres solteras de dar un mal paso y, sobre todo, las consecuencias que recaían sobre la familia, hacía que se procurase casarlas al punto, sin demasiados miramientos a sus sentimientos. Cuando faltaba o escaseaba la dote, no había otra salida que entregarla a un viejo – si es que alguno la pretendía – […] o en caso de que tal oportunidad fallase, meterla en un convento que pusiese muchas dificultades – iniciales, al menos – a la falta de dote.»
LAS MARGINADAS:
«De entrada, la mujer no tenía acceso a los centros de trabajo. Lo usual era que las niñas aprendiesen a leer de mano de sus madres, en el seno familiar; pero, claro está, cuando esas madres estaban en condiciones de convertirse en maestras ocasionales, pues el analfabetismo alcanzaba proporciones elevadísimas. […] Lo que quedaba para la mujer que tenía que trabajar eran las migajas, los humildes empleos que se consignan en los censos a calle hita, y que apenas daban para comer: hilanderas, botoneras, cereras, lavanderas, costureras […] Para las que no conocían oficio alguno había una salida: servir de criadas en las casas de los pudientes. Y eso desde muy pronto, cuando empezaban a tener fuerzas para desempeñar las tareas pesadas de la casa que les acoge»
Criadas:
«Un ser infeliz, con paga escasa o nula, o aplazada con promesas no siempre cumplidas. Aquí, como en tantos casos, su suerte dependía del talente del ama de casa. Aquella muchacha que entraba al servicio de una familia verdaderamente cristiana podía acabar saliendo desposada razonablemente, con el amparo de la dueña de la casa a la que había servido; o pasar en esa casa toda su vida, viendo crecer a los hijos y envejecer a los amos, hasta convertirse en otro miembro más de la familia. Era la criada vieja, a la que los jóvenes respetaban […] Sujetas al arbitrario trato de amas que con frecuencia descargaban sobre ellas las contrariedades que padecieran, mal pagadas, dudosamente alimentadas, esas criadas aun estaban sujetas a otro vejamen: a los acosos sexuales de los hombres de la casa. […] En ese sentido el riesgo para la criada procedía de los hombrecitos de la casa, de los hijos de los amos que a partir de los doce a catorce años, con el despertar de su sexo, echaban mano a la mujer más asequible y que menos resistencia pusiera.»
Esclavas:
«[…] la esclava carece de libertad y apenas de derechos, dependiendo enteramente de la humanidad -o de la crueldad- de sus amos. […] Tener esclavos era un signo de lujo y de grandeza, así que los encontramos al servicio de la familia real, de la alta nobleza, del alto clero y del patriciado urbano, incluyendo aquí a los ricos mercaderes y a la espuma de las profesiones liberales. […] Lo que tenía de singular la esclava, frente al esclavo, dentro de la vida doméstica, y que le daba un mayor valor, era que incorporaba a su trabajo la condición de paridora, y, por lo tanto, de fuente de riqueza, como posible madre de futuros esclavos; pero también de objeto de placer para el amo. Todo ello sin dejar de cumplir las tareas domésticas más pesadas que le encomendase su ama.»
LA JUDEOCONVERSA:
«Partimos de la base de que conversiones forzadas dan lugar, en la mayoría de los casos, a conversiones falsas. Por lo tanto, y para un primer período que podríamos llevar hasta 1530, el número de judíos que permanecen en España, después del decreto regio de 1492, en su mayoría tienden a conservar su antigua religión, o bien acaban volviendo a ella no pocos de los que sinceramente habían abrazado el cristianismo. […] Pues bien, en esa pugna por mantener su religión, el papel de la conversa es decisivo. Es la que, como madre de la familia, vela porque sigan vivos en secreto los ritos de la religión judaica y sus costumbres, tanto en las fiestas tradicionales como en la vestimenta y en la dieta alimenticia. Eran ellas las que cuidaban de la educación de los hijos en todas esas prácticas judías; por supuesto, en el mayor de los secretos, dado el riesgo de que interviniese la Inquisición. De ahí el ocultismo en que vivía la conversa judaizante.»
LA MORISCA:
«La morisca […] será vista con recelo por la comunidad cristiana como perteneciente a un pueblo tan irreductible en su religión y en sus costumbres, y que tenía tan temibles aliados en los piratas norteafricanos […] y en el imperio turco. […] A esa marginación social de la morisca, como miembro del pueblo vencido de cuya reciente conversión al cristianismo se dudaba, hay que añadir su bajo nivel cultural, más notable en las mujeres que en los hombres. En fin, la morisca mostraba a las claras, además, por la tez oscura, su diferencia racial. De ese modo no es extraño que, a las primeras de cambio, si una morisca tenía la desgracia de hallarse en el lugar equivocado donde se había fraguado un crimen, fuera ella al punto declarada culpable y cargara con la pena, pese a su inocencia. Eso era posible porque no era raro que se integrase en el servicio doméstico, sobre todo si había caído en la esclavitud.»
LA GITANA:
«Siendo tan distintas la morisca y la gitana, algo poseían en común a los ojos del cristianismo viejo: el tener ambas sus ribetes de hechicería. Evidentemente, los contrastes eran mayores y mayores las diferencias. De entrada, si otros grupos sociales se veían marginados contra su voluntad, las gitanas y gitanos son los que rechazaban integrarse. Desde los primeros momentos que entran en España, a principios del siglo XV, se afincan en pequeños grupos que acampan al aire libre; a su aire, por decirlo así, aunque no lejos de un núcleo urbano, a cuyas expresas confían sobrevivir. […] No comparten los usos y costumbres de la sociedad y pronto son mirados con recelo, como un peligro social. […]»